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2022: el año para el no-retorno. A 50 años de Los Límites del Crecimiento.

*Por Gonzalo del Castillo.


Termina un año signado por récords de temperaturas máximas y recurrencia de eventos extremos. Olas de calor, sequías, incendios e inundaciones devastadoras afectaron a cientos de millones de personas. La actual década se presenta como la más cálida de la que se tenga registro, sin detenernos a meditar en la “temperatura” que adiciona un contexto bajo amenaza permanente de guerra nuclear. El fin del 2022 y el inicio del nuevo año, simboliza así -¡o debería simbolizar!- un umbral para nuestra civilización. El modo en el que optemos atravesarlo, definirá el futuro de la humanidad y de toda la vida que conocemos.


Los puntos de no-retorno son utilizados, en el ámbito de la climatología, para representar umbrales biofísicos que, si se traspasan, tienen el potencial de generar cambios significativos y a menudo irreversibles en el sistema climático de la Tierra. Es fácil identificar estos puntos en el mundo físico, regido por leyes infranqueables y replicables a escala de laboratorio. De hecho, los principales de estos puntos de no-retorno ya han sido identificados con gran claridad y alarma (si querés saber un poco más sobre este tema y sus implicancias, te recomendamos este artículo de National Geographic).


Pero lo que no es tan sencillo, es identificar esos puntos en el mundo socioeconómico y cultural de las sociedades humanas. Uno tendería a pensar que están relacionados, pero el derrotero irracional de los últimos 200 años pareciera demostrar lo contrario. Los sucesos crudos e incuestionables que suceden en el mundo físico -incendios, sequías, olas de calor, guerras, etc.-, no son motor suficiente para cambiar los patrones destructivos generados en el mundo de las ideas humanas.


Y si no, pensemos en nuestro país y en el año que nos deja: el 2022 inició con la ocurrencia, entre el 6 y el 26 de enero, de 3 olas de calor sin precedentes, que afectaron a gran parte del territorio nacional. Por su extensión y duración -que cubrió más del 70% del territorio nacional durante 14 días- fue una de las olas de calor más extremas registradas. Y así de caliente como inició el año, finalizó: vivimos un diciembre que batió todos los récords, con olas de calor entre el 4 y 12 de diciembre (¡aún siendo primavera!), donde padecimos temperaturas máximas que superaron, durante varias jornadas, los 35°C e inclusive los 40°C. En la localidad de Rivadavia, Salta (donde actualmente nos encontramos implementando este proyecto de biosistemas), se registró la temperatura más alta del mundo para ese día, ¡con 46º! Y en varias otras localidades, se alcanzaron valores máximos nunca antes registrados para un mes de diciembre.

Los incendios y las sequías fueron otros de los protagonistas del año. Con la mitad del país bajo emergencia hídrica o ígnea, no hubo prácticamente mes en que no tuviéramos focos de incendio destruyendo lo poco que queda por destruir de nuestros ecosistemas. 800.000 hectáreas en Corrientes (8% de su territorio), más de 300.000 en el Delta del Paraná, otros cientos de miles en Córdoba y diferentes provincias patagónicas y, como cierre de año, lloramos las más de 10.000 hectáreas consumidas en lo que ya es el peor incendio en la historia de la provincia de Tierra del Fuego, que arrasó con el Corazón de la Isla: una gran reserva de guanacos, donde vive el zorro colorado fueguino (en riesgo de extinción), en un entorno de bosques milenarios de lengas, ñires y guindos.

Pero estos hechos ya no son particularidades vernáculas, asociada a nuestra conocida y vergonzosa falta de planificación ambiental territorial; a los mezquinos intereses económicos de quienes cosifican y destruyen la vida y la Naturaleza por el fin de lucro; o a las falencias constitutivas de los gobiernos de turno. Esto potencia todos los males, pero desafortunadamente ya no son la única causa de ellos (si lo fueran, el problema sería menos grave). Hoy, esta realidad se reproduce en todos los rincones del Planeta: países “ricos” y “pobres” por igual, ven los efectos de destruir sin miramientos la Naturaleza que los sostiene. Por supuesto que las responsabilidades son diferenciadas, y que las consecuencias sí varían dependiendo de la capacidad de respuesta de cada país, pero a medida que los desafíos continúen incrementándose, no habrá capacidad de respuesta alguna. Sin importar cuantos puntos de crecimiento del PBI, ojivas nucleares, o billonarios cada 100.000 habitantes diferencien a un país de otro. Cuando se crucen esos puntos de no-retorno no habrá, valga la redundancia, retorno alguno… cuando esto suceda, la ruptura del sistema se hará autosostenible, generando un efecto de retroalimentación positiva que continuará incrementado el calentamiento global, la desertificación de los suelos, la extinción de especies, las sequías, los incendios, y demás… en una espiral de destrucción que continuará hasta encontrar un nuevo punto de equilibrio que ni la ciencia puede vislumbrar con certeza cuál podría llegar a ser.


la ruptura del sistema se hará autosostenible, generando un efecto de retroalimentación positiva que continuará incrementado el calentamiento global, la desertificación de los suelos, la extinción de especies, las sequías, los incendios, y demás… en una espiral de destrucción que continuará hasta encontrar un nuevo punto de equilibrio que ni la ciencia puede vislumbrar con certeza cuál podría llegar a ser.

De más está decir que ante este escenario debería primar la aplicación del principio precautorio, porque lo seguro -¡lo obvio!- es que sin tierra fértil, no habrá comida. Sin diversidad biológica, no habrá ecosistemas que funcionen. Sin agua, no habrá vida. Y por las dudas, bueno es recordarlo, sin nada de lo anterior, difícilmente habrá ganancia económica. Pero ya sabemos: irónico destino tuvo este principio que nunca logró alcanzar su fin.

Pero, ¿y entonces qué? No lo sabemos con certeza. Y arriesgaríamos a decir que quien diga saberlo, o bien miente, o bien incurre en el mismo error que nos llevó a este presente: no entender que los problemas que enfrentamos no son técnicos sino culturales. Es decir, eminentemente humanos. Y que, por definición, esos problemas no tienen soluciones lógico-procedimentales, sino que, al decir de Schumacher, “compelen al hombre a esforzarse hasta un nivel por encima de sí mismo, demandan fuerzas que provienen de un nivel más alto y, al mismo tiempo, hacen posible su existencia trayendo amor, belleza, bondad y verdad dentro de nuestras vidas.” Es sólo con la ayuda de estas fuerzas elevadas que podremos volver a un sendero que valore la vida por sobre todas las cosas, y que lo haga en términos colectivos y globales. Lo que representa, en sí mismo, la gran dificultad: promover estas “fuerzas elevadas” de manera colectiva y global, es tarea de todos en general y de nadie en particular.

Pero aquí la esperanza sobre la que fundamos nuestra tarea diaria y nuestro motivo de celebración para recibir el nuevo año: percibimos, como muchos, que algo está pasando en la sociedad. Algo está brotando y desplegándose. Y al igual que los saltos evolutivos en el campo biológico, en las sociedades humanas también surgen saltos generados por alteraciones en las estructuras básicas de nuestra cognición. De nuestras formas de entender la vida y nuestro devenir en ella. Al principio estos cambios son minúsculos y marginales, pero por algún motivo logran ganar terreno hasta dominar el imaginario colectivo. Y al hacerlo, tienen el potencial de generar cambios a nivel cosmológico. Pero, también hay que decirlo, a diferencia de los procesos biológicos, en el campo de lo humano no hay certeza que ese salto sea evolutivo y no degenerativo. Depende, como siempre, del mayor don y de la mayor dificultad que nos caracteriza: nuestra libertad.

Y volvemos, entonces, a los puntos de no-retorno. Podemos, por ejemplo, escoger que el 2022 sea inmortalizado como nuestro punto de no-retorno civilizacional. Y que, a diferencia de la espiral de destrucción que avizora la crisis climática, se erija como el inicio de un proceso de retroalimentación positiva que nos permita revertir nuestra cultura de la ostentación, la cosificación, la muerte y la destrucción, en una nueva cultura de la regeneración, el valor, la vida y el amor.


Dentro del infinito campo de acción y elección que nos brinda nuestra libertad, podemos elegir y definir, colectivamente, nuestro destino.

Hace 50 años, en 1972, el Club de Roma publicó Los Límites del Crecimiento. El Informe nos permitió vislumbrar posibles escenarios futuros para la Humanidad, según las opciones derivadas del ejercicio de nuestra propia libertad. Nos advirtió que, si escogíamos continuar con los disvalores del hiperconsumo y la destrucción de la Naturaleza, encontraríamos límites planetarios en algún punto cercano a la década que estamos atravesando. Hoy estamos viviendo la confirmación de ese escenario. (Si querés saber más sobre lo que planteó el informe, te invitamos a releer la nota A 50 años de los límites del crecimiento. )

Pero entre las variables analizadas, el Informe nunca contempló como variable en sí misma las potencialidades de la libertad humana, sencillamente porque el futuro humano no puede ser predicho. Si lo fuera, no existiría la libertad. Esa variable siempre fue, y sigue siendo, la variable clave. Pero también la impredecible.

Brindamos, entonces, por un 2023 en el que lo impredecible coincida con lo razonable.


*Gonzalo del Castillo es Director Ejecutivo de la Fundación Club de Roma.


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